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Y la que nos ha permitido dimensionar el horror que en la Plaza de Tlatelolco se vivio aquel año de

  • 10 oct 2016
  • 9 Min. de lectura

Oriana Fallaci, la italiana que destapó la masacre de Tlatelolco

Miguel Ángel Castillo

Blog de Noticias•3 de octubre de 2011

Son más de cuatro décadas y la herida aún sigue abierta. En la memoria colectiva de los mexicanos los eventos ocurridos el 2 de octubre de 1968 siguen presentes, tanto para quienes los vivieron y los sufrieron, como para todas las generaciones posteriores que año con año conmemoran la fecha precisamente para que ‘No se olvide’. Una de las personas que desde el primer momento del acontecimiento dio cuenta de ello al mundo fue la periodista italiana Oriana Fallaci, quien no sólo estuvo en México en uno de los días más negros de la historia nacional, sino que vivió en carne propia lo que sucedió en la Plaza de las Tres Culturas. Nacida en Florencia, Italia, en 1929, esta reportera fue enviada al país expresamente para cubrir las manifestaciones de estudiantes que ya habían puesto al gobierno en turno en jaque, ante una próxima celebración de los Juegos Olímpicos. Como corresponsal de ‘L’Europeo’, ella siguió las historias de los jóvenes que pugnaban por un cambio en el país y por ende, se hizo presente en la concentración que se había organizado en Tlatelolco. Famosa por sus entrevistas a muchos de los líderes y celebridades de la historia, como Henry Kissinger, el ayatola Jomeini, Muammar Gaddafi, Federico Fellini, Mao Tse Tung, Indira Gandhi, Robert Kennedy, entre muchos otros, cubrió también la guerra de Vietnam desde ambos frentes y curiosamente, no fue en dicho conflicto bélico donde sentiría el dolor candente de una herida de bala, sino en México. Según relató ella misma, fue invitada por los líderes del Consejo Nacional de Huelga para presenciar el mitin que posteriormente tendría una marcha hacia el Casco de Santo Tomás, donde se encontraban las instalaciones del Instituto Politécnico Nacional aún tomadas por el Ejército. Por eso mismo, se ubicó en el tercer piso del edificio Chihuahua, junto a varios de los líderes del movimiento. Por su experiencia al cubrir una guerra en forma, se percató de que las bengalas lanzadas desde un helicóptero significaban una señal para dar marcha a un operativo, aunque fue demasiado tarde, pues de inmediato empezaron los disparos y se desató el caos. En los siguientes minutos, Oriana Fallacci, condecorada en su país por haber pertenecido a la Resistencia contra la ocupación nazi en Italia con tan sólo 14 años, fue sometida por un grupo que ella identificó como el Batallón Olimpia y al quedar en medio de un fuego cruzado, quedó herida por tres impactos. A diferencia de otros reporteros extranjeros que se encontraban en el lugar, ella fue puesta junto a los estudiantes tras confundirla con uno de ellos. De hecho, hay quien considera que fue esta mujer la que dio a conocer el nombre del ‘Batallón Olimpia’, tanto dentro como fuera de México, pues además de escuchar de viva voz a su integrantes identificarse con ese nombre, a otros detenidos que llegaron a mencionarlos se les decía que esa agrupación no existía y a quienes tomaban las declaraciones se les ordenaba, una y otra vez, “eso no se escribe”. Oriana Fallaci logró salir de Tlatelolco y tras ser identificada como extranjera hubo quien la acusó de ‘comunista’, por lo que en cuanto pudo, tomó el primer avión fuera del país por su propia seguridad. Sin embargo, sus testimonios arrojaron algo de la poca luz que se tiene, aún en nuestros días, del 2 de octubre, como es la indignación por parte de alguien foráneo como era ella al percatarse de que ninguna delegación se retiró de los Juegos Olímpicos. Elena Poniatowska en su libro ‘La noche de Tlatelolco’ recogió algunas declaraciones de la corresponsal mientras convalecía en el Hospital Francés. Ahí menciona que permaneció tirada en un charco de su propia sangre durante 45 minutos sin que nadie le prestara auxilio y haciendo caso omiso de sus peticiones para que se avisara a su embajada. Así mismo, muestra su asombró ante la cobertura informativa de los diarios mexicanos, a los que califica de “timoratos” Un texto de su puño y letra sobre la Masacre de Tlatelolco puede encontrarse en su libro ‘Nada y así sea’. Allí comenta no haber visto, ni siquiera en la guerra, una matanza de esas magnitudes, pues en la guerra por lo menos se trata de gente armada contra gente armada. Para el documental ‘El grito’ del director Leobardo López Aretche, colaboró en la elaboración del guión de lo que fue uno de los primeros documentos gráficos que narraron la tragedia. La voz en off que se escucha cuenta la historia en primera persona (la de Oriana), aunque quien lo lee es Magda Vizcaíno. Oriana Fallaci murió el 15 de septiembre de 2006 víctima del cáncer, pero permanece en la memoria como la periodista que le dijo al mundo lo que casi ningún medio se atrevió a decir: que en México hubo una matanza de grandes magnitudes el 2 de octubre de 1968.
¿Quién salvó a Oriana Fallaci?

En su libro Nada y así sea, la periodista italiana Oriana Fallaci se refirió a él como “el tipo del Conservatorio que puse a salvo hasta el hospital”. Su nombre es Manuel Gómez Muñoz y era el representante del Conservatorio Nacional ante el Consejo Nacional de Huelga, en 1968.

Fallaci lo acusó de haberla denunciado “como comunista y agitadora”, luego de que fue herida la tarde del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco.

Nunca pudo aclarar con ella esa versión. “Muchas veces le escribí, intenté llamarle y nunca respondió”.

La de Fallaci es la única versión que se conoce, la escribió en aquel libro publicado en 1969. Ahora Manuel Gómez Muñoz cuenta la historia de ese encuentro en el edificio Chihuahua y las horas definitivas que le salvaron la vida a la periodista. Ésta es su historia:

A Oriana Fallaci la conocí en el edificio Chihuhua, la tarde del 2 de octubre. Me llamó la atención aquella mujer rubia que hablaba un español macarrónico (de macarrón) y comencé a hablar con ella en italiano. Yo era cantante (de opera) y había estudiado letras italianas, de modo que conocía el idioma.

Ya comenzado el mitin, ella me preguntó si teníamos el apoyo de los obreros y le mostré un contingente de ferrocarrileros que en ese momento iba llegando a la Plaza de la Tres Culturas –llamaron la atención porque traían a músicos que tocaban La Rielera. Tampoco entendía muy bien las porras –el Goya y el Guélum–, seguramente no había escuchado una en su vida.

En cierto momento irrumpió en la terraza el Batallón Olimpia con un guante blanco en la mano izquierda, encabezados por un hombre que lo primero que hizo fue descargar la pistola hacía la plaza –probablemente aquellos fueron los primero disparos–. El Ejército contestó y disparó hacia el balcón, a los sujetos de guante que no sabíamos entonces quiénes eran. De la manera más cobarde se parapetaron en el antepecho del balcón, en el barandal, y comenzaron a gritar ¡Batallón Olimpia, no disparen!

A la gente que estaba junto al barandal la arrojaron hacía la pared opuesta, hacia las puertas de los elevadores, y lo mismo hicieron con Fallaci: la jalaron de los cabellos y la arrojaron al piso hacia el sitio donde caían las balas que rebotaban en el techo, porque el ángulo no permitía que dispararan directamente hacia nosotros.

Yo estuve sobre ella un tiempo, no se cuánto, y después nos ordenaron que nos arrastráramos. El piso estaba totalmente anegado, porque las balas habían perforado todas las tuberías del edificio. Yo gritaba que ella era una periodista italiana, que era extranjera, y no les importó. El tipo que disparó hacia la plaza inicialmente, también disparó en torno nuestro y nos decía: “¡Querían su guerrita, cabrones, pues ahí la tienen!” El estruendo era indescriptible, inenarrable.

Cuando no obligaron a arrastrarnos, yo me mantuve junto a Oriana, que en ese momento recibió dos tiros. Lo primero que me preguntó fue si le habían dado en los riñones porque, de ser así , estaba acabada. No pude saberlo, sólo vi que tenía dos tiros. Herida ella, nos obligaron a bajar por una escaleras a un departamento que ya habían tomado. La bajaron arrastrando y le robaron todo lo que traía con ella. Estuvimos ahí mucho tiempo y en algún momento ella me dijo: tómame de la mano y no te separes de mí, di que eres mi traductor.

Finalmente llegó una camilla que portaban unos soldados. No me dejaban pasar con ella a la ambulancia, pero no me soltó y conseguí acompañarla a la Cruz Verde. En el camino me hizo algunos encargos, entre ellos, comunicarme con algunos de los periódicos en los que escribía. Hasta que llegamos al hospital Rubén Leñero.

Oriana Fallaci me sacó de Tlatelolco, pero no podía sacarme del hospital, que estaba cercado de policías. No me aprehendieron de inmediato porque en el momento en que se la llevaron a urgencias, los cerdos sólo pudieron fijarse en que se le veía todo, es decir, llevaba la ropa descompuesta. Los malditos corrieron a ver qué le veían y pocos se quedaron en torno a ambulancia.

Mi única posibilidad para escapar y ayudarla era hacerme pasar por extranjero. Pregunté por un teléfono y me indicaron sin atreverse a hacer nada conmigo. Yo no traía veintes y comencé a pedir porque necesitaba hacer las llamadas. Primero llamé a información, para que me diera el teléfono del embajador de Italia, pero la operadora no me lo quiso dar si no le daba mi nombre. Me dio otro número telefónico, en el que alguien me contestó en italiano. No sabía quién era pero le dije que la periodista Oriana Fallaci estaba herida en el hospital de la Cruz Verde. Y ¿sabe qué me contestó? Io no me ocupo de cuesta cosa. ¿Por qué? Porque el personal de la embajada italiana era de la democracia cristiana, reaccionarios y de derecha. Y a Oriana la identificaban más cerca de la izquierda. Al final me dieron el teléfono del medico de la embajada. Era mi última llamada, porque no traía ya más monedas. Alcancé a gritar lo mismo: que Oriana Fallaci estaba herida.

En ese momento, de una puerta que estaba frente al teléfono, salió una mujer que era la agente del Ministerio Público y gritó: ¡agárrenlo, pendejos! Ya no pude ni colgar el teléfono, me metieron en la oficina y estuve detenido ahí porque no sabían qué hacer conmigo. Yo era traductor del Instituto Italiano de Cultura de la Embajada de Italia, me conocían los funcionarios de ese instituto porque habían sido maestros míos en la Facultad de Filosofía, cuando estudiaba Letras Italianas, antes de entrar al Conservatorio.

Después me llevaron a la policía judicial, querían que declarara que los estudiantes habían iniciado el tiroteo y que Oriana Fallaci era una agitadora y comunista. Pero si yo decía verde, el secretario escribía rojo. Escribía lo que le daba la gana y yo le sacaba el papel de la máquina de escribir. En fin, me regañaron y del Rubén Leñero me llevaron a la Policía Judicial, en la calle Héroes de la colonia Doctores. Allí estuve uno o dos días hasta que me soltaron. Sin embargo, a los pocos días me volvieron a aprehender, muy cerca de mi casa. Me dio muchísimo miedo porque creí que había caído en manos de la Dirección Federal de Seguridad, la de (Fernando) Gutiérrez Barrios y Nazar Haro. Ya sabíamos que caer en esas manos, era campo militar seguro.

Resultó que estábamos en la Policía Judicial, donde el director de Relaciones Públicas era tío de una compañera del Conservatorio. Probablemente fuimos identificados como bichos no peligrosos o qué se yo, pero pude irme a provincia, a casa de unos tíos. Estaba totalmente enloquecido, no podía salir a la calle porque tenía delirio de persecución, no dormía. La verdad, creo que todos quedamos sumamente alterados hasta la fecha.

Oriana Fallaci nunca supo lo que ocurrió en las horas posteriores a su ingreso al hospital ni lo que hizo por ella Manuel Gómez Muñoz (cuyo nombre ni siquiera menciona Fallaci en su libro).

“El Comité del 68 quiso comunicarse con ella, pero nunca admitió ningún tipo de correspondencia ni entrevista con nosotros. Queríamos comunicarnos con ella para agradecerle que hubiera dado a conocer todo lo que sucedió el 2 de octubre en Tlatelolco, y yo para aclararle que no la había denunciado”.

El caso de Fallaci tensó a tal punto las relaciones diplomáticas entre Italia y México, que previo a las Olimpiadas de aquel año, el embajador se negó a inaugurar la exposición El deporte en el arte clásico, que era la contribución cultural italiana para las Olimpiadas.

A Fallaci nunca se le disolvió el rencor contra México, donde presenció lo que llamó: “la matanza de Herodes”.

Testimonio de Oriana Fallaci en México, luego de haber sido herida.

Hoy en la mañana cuando me llevaron a rayos X unos periodistas me preguntaron qué hacía en Tlatelolco: ¿Qué hacía, Dios mío? Mi trabajo. Soy una periodista profesional. Tuve contacto con los líderes del Consejo Nacional de Huelga porque el movimiento es lo más interesante que sucede ahora en su país. Los estudiantes me hablaron el viernes a mi hotel y me dijeron que habría un gran mitin en la Plaza de las Tres Culturas el miércoles 2 de octubre a las cinco de la tarde. Como no conocía la plaza y sé que es un centro arqueológico pensé combinar las dos cosas. Por eso fui. Desde que llegué a México me llamó la atención la lucha de los estudiantes contra la represión policiaca. Me asombran también las noticias en sus periódicos. ¡Qué malos son sus periódicos, qué timoratos, qué poca capacidad de indignación! ¡Qué Olimpiadas ni qué nada! Apenas me den de alta en este hospital, me largo.

Tomado de La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska

 
 
 

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