En medio de los sucesos del mundo en Venezuela se empollaba el huevo de la serpiente.
- 12 dic 2016
- 19 Min. de lectura

Todos tiemblan: López Contreras, el comunismo es el caos (1)
Eleazar López Contreras / Cortesía
El espacio “Todos tiemblan” presenta, en tres entregas consecutivas, una serie de artículos donde se ilustra la presencia protagónica del miedo político en Venezuela en el gobierno y época del presidente Eleazar López Contreras (1935-1941)
CARLOS ALFREDO MARÍN @AEDOLETRAS5 DE AGOSTO 2016 - 12:01 AM
El 13 de marzo de 1937, Venezuela amaneció con esta noticia: todas las organizaciones políticas de filiación comunista serían ilegalizadas por ser “perjudiciales para el orden público”. Sus militantes serían expulsados por un año; otros con menos suerte serían detenidos. El presidente Eleazar López Contreras, militar andino y ex ministro de guerra de Juan Vicente Gómez, dirigió la medida con la energía marcial de su estirpe. Es famoso el llamado Libro Rojo de López Contreras, que también puede conseguirse con el título La verdad de las actividades comunistas en Venezuela, publicado clandestinamente a finales de 1936.
Tal texto es de naturaleza policial, o mejor dicho, una publicación formulada por el espionaje político de entonces. Su meta: brindar evidencias “sustanciales” de una conspiración comunista en Venezuela. La amenaza roja era palpada; por lo tanto, representaba una amenaza política para un gobierno que temía abrir el grifo de las libertades democráticas. Juan Bautista Fuenmayor, uno de los fundadores del Partido Comunista venezolano, escribe: “El enemigo único era el comunismo, que se convirtió para él [López Contreras] en una obsesión terrible que le quitaba el sueño. Por eso su política centrista estaba fuertemente inclinada hacia la derecha”.
La presencia del mal hace tomar medidas “preventivas”. Es una operación subjetiva, parcializada, que intenta frenar lo temido. En el famoso Diccionario de los sentimientos, se lee que la amenaza es “la acción o palabras con que se intenta infundir miedo a otra persona: el modo de dar a entender, o con la palabra o con demostraciones, el peligro, daño o castigo a que se expone”. ¿Quién se atreve a cruzar la frontera hacia el autoritarismo y la violencia? El poder tiene la última palabra; la historia, el testimonio del miedo entre nosotros.
El siglo en una década
En medio de la resistencia al nazismo, Albert Camus escribía en París el 30 de agosto de 1944 en el diario Combat: “En 1933 comenzó una época que uno de los más grandes de nosotros denominó certeramente el tiempo del desprecio. Y durante diez años, a cada noticia de que unos seres desnudos e inermes habían sido pacientemente mutilados por hombres cuyo rostro estaba hecho como el nuestro, la cabeza nos daba vueltas y nos preguntábamos cómo era posible”. La humanidad estaba ahogada moralmente frente a esos hombres y mujeres que se dieron a la tarea de “matar al espíritu y de humillar a las almas”. Nos preguntamos ahora: ¿cabe el mal de un siglo en una década?
Alan Badiou, en su libro El siglo, lleva la síntesis histórica aún más allá. Para el filósofo francés, el siglo entra en los 365 días del año 1937. Veamos lo que dice: “En el siglo, 1937 no es poca cosa. Es un año metonímico en el cual se organiza algo esencial. Es un concentrado absoluto, dado en su esencia, en el exceso de su esencia, del terror stalinista. Pues es el año de lo que se ha denominado el gran terror. Las cosas comienzan a ir mal en la Guerra Civil española, que es una miniatura interna del siglo entero, pues en ella están presentes todos los actores (comunistas, fascistas, obreros internacionalistas, campesinos insurrectos, mercenarios, tropas coloniales, Estados fascistas, "democracias", etc.). Es el año del ingreso irreversible de la Alemania nazi en la preparación de la guerra total. Y también del gran punto de inflexión en China. Y en Francia, en 1937, ya es evidente que el Frente Popular ha fracasado”.
Comunismos y anarquía
“El miedo es, como la mentira, una tentación de facilidad”. Esta frase de Vladimir Jankélévitch nos pone de frente a lo que realmente sucede en el reino de las pasiones políticas. El presidente Eleazar López Contreras a partir de 1937 ilustra el poder de estas tentaciones en la Venezuela que recién enterraba a Gómez: primero, la variedad de amenazas civilizatorias afloradas en la década de los 30’ a nivel mundial; y segundo, la utilización del miedo como instrumento político que legitima no solo la represión, sino también la defensa del poder frente a las nuevas ideas políticas en torno a la democracia y las masas. El comunismo viene a llenar un vacío para una transición venezolana que se creía amenazada desde todos los ámbitos. El miedo apareció como salvación para la élite en el poder.
López Contreras y su círculo de notables veían al comunismo como un peligro para la estabilidad del país. Los fantasmas desatados en Europa, que estaba a punto de sumirse en la Segunda Guerra Mundial, hicieron el efecto rebote. Unirse a este coro de peligros epocales –la guerra de civilización como fundamento– es una tentación que da mucho crédito a quienes detentan el poder. Arévalo Cedeño, un furibundo antigomecista, le escribe a Rufino Blanco Fombona el 22 de septiembre de 1936: Venezuela debe saber identificar a los “falsos apóstoles de hoy”. Voceros de la izquierda roja, entiéndase, repleta de “mala fe” y de “ambiciones de dominio y destrucción”. Estos son los que nos han “importado el comunismo con el único fin de hacer más horrorosa la desgracia de ayer”, puntualiza Cedeño. Se intuye a la ideología como intrusa, como una fuerza maligna que llega para devorarlo todo.
La tan mentada lucha de clases, al menos como tendencia ideológica temida y aún más incomprendida por la espesa gama de prejuicios, no se adecuaba a los “principios de paz, de orden, de solidaridad social y de un nacionalismo que se inspire en el ideal bolivariano”. Quien escribe eso es el propio López Contreras en marzo de 1938. En una misiva llena de detalles dirigida a José Rafael Gabaldón, el presidente encargado sigue argumentando la acción represiva porque líderes como Rómulo Betancourt, Gustavo Machado, Jóvito Villalba, Luis Beltrán Prieto Figueroa, todos en mismo saco, dicho sea de paso, “tratan de llevar al país a la contienda armada, no simplemente para obtener el triunfo de una facción que satisfaga sus ambiciones personales, sino lo que es más grave aún, para desencadenar la lucha de clases, la cual sembrará entre nosotros, como en todas partes ha ocurrido con ella, las más enconada anarquía, constituyendo al propio tiempo, un grave peligro no solo para la libertad, sino para la independencia misma de la nación”.
Todos tiemblan: López Contreras, la sombra viva del gomecismo (2)

Eustoquio Gómez / Foto cortesía
“La pasión del desalojado es destructiva. Sin él el mundo se resquebraja, se volatiza, se pervierte. Imbuido en el aura del mesianismo de la fuerza, puja por la reconquista de su monopolio. En su interioridad se siente, por así decirlo, imprescindible. Nada sin él”
CARLOS ALFREDO MARÍN @AEDOLETRAS9 DE SEPTIEMBRE 2016 - 12:01 AM
Las transiciones políticas en la historia despiertan deseos multiformes en torno al poder. El relato que nos ha llegado sobre ellas nos pintan los sucesos sin sus matices. Con esto se instauran medias verdades que pasan sin pena ni gloria. La presidencia de Eleazar López Contreras a partir de 1935 es un ejemplo. Revisemos esta premisa que levanta sospecha: con la muerte de Juan Vicente Gómez se enterró el miedo colectivo al personalismo militar, fantasma dotado de musculatura y tradición sociopolítica desde el siglo XIX.
Cuando la salud del Benemérito se agrava, la carrera por la sucesión del poder se expande como una mancha. En enero de 1935, Carlos Delgado Chalbaud le escribe a José Rafael Pocaterra: “Quedan pues dueños de la situación, López Contreras y Eustoquio Gómez. Uno tendrá que eliminar al otro. Se ve claro que ya Gómez no manda de un modo absoluto…”. La conspiración, el ruido de sables, los rumores. Al morir el autócrata en Maracay a finales de ese año, López Contreras tuvo que hilar fino para desmarcarse de la sombra “andina”. Reto complicado porque heredó las instituciones gomecistas y varios de sus distinguidos representantes dentro de su gabinete. Por su parte, el Partido Comunista a partir de 1938 lanzó el Frente Antigomecista, eje político donde “las mayorías democráticas” mantuvieran a raya un posible regreso al caudillismo y al terror represivo.
Raúl Leoni refrenda estas impresiones. El 5 de abril de 1940 le escribe a Rómulo Betancourt: “El gomecismo trabaja y conspira de lo lindo. No son cuentos de camino. El gobierno lo sabe, y lo deja hacer. Cualquier día nos sorprende una nueva aurora gomecista, que afortunadamente no será muy duradera. Yo creo que este país, conspira más que en ninguna otra época de la historia. Y los gobiernistas más que nadie. La gente democrática y de izquierda es la única que no conspira, se ha convertido en guardián de alerta de los enemigos de la Republica”. La sombra del miedo estaba vivita y coleando.
La pasión del desalojado
Los privilegios que otorga el poder no son eternos, acaso porque este último tampoco lo es. El poderoso se alimenta de la ilusión de que siempre estará en la cima. La historia demuestra la crisis emocional y material de los grandes apellidos cuando viene la ola del cambio histórico y se lleva todo por delante. La pasión del desalojado es destructiva. Sin él el mundo se resquebraja, se volatiza, se pervierte. Imbuido en el aura del mesianismo de la fuerza, puja por la reconquista de su monopolio. En su interioridad se siente, por así decirlo, imprescindible. Nada sin él.
El escritor Iván Bunin, en sus Días malditos, prefigura el encono de la aristocracia rusa que fue pulverizada por la revolución a partir de 1917. En él vemos los demonios desatados allí donde antes bullía la paz de los cafés y las tertulias burguesas afectas al zarismo. El 22 de abril de 1919, Bunin escribe en su diario desde la herida: “En general, basta que una ciudad caiga en poder de los rojos para que se produzca una mutación en la gente que recorre sus calles. Es como si realizaran una selección premeditada de un tipo de rostro, que transforma el paisaje urbano. (…) se trata de rostros de poseídos de cualquier expresión susceptible de ser calificada de ordinaria o llana. Casi todos producen una viva repugnancia e intimidan con su aire de malévola imbecilidad y el displicente y obsequioso desafío que manifiestan, hacia todo y todos. Aún así, ya llevamos casi tres años en esta monstruosa situación. Casi tres años en los que solo hemos visto bajeza, fango y ferocidad. ¡Si tuviéramos la alegría, el anhelo, de que sucediera algo, ya no digo bueno, sino al menos normal! ¡Algo que sea diferente a esto!”.
La maquinación gomecista
Al acercarse la sucesión presidencial en 1941, ¿quiénes serían los candidatos para asumir los destinos del país? El Partido Democrático Nacional –cuna de lo que sería Acción Democrática– lanzó la candidatura del escritor Rómulo Gallegos. Del lado oficialista, y luego de un trajín intenso donde se hablaba del diplomático Diógenes Escalante, se terminó proponiendo a otro militar andino: el general Isaías Medina Angarita, Ministro de Guerra y Marina desde 1936. Lo que vino de seguidas era una victoria cantada en mayo de 1941. El Congreso de la República, por mayoría de votos, designó a Medina Angarita como el sucesor de López Contreras en Miraflores hasta 1946. Este es el lado conocido de la historia oficial. ¿Cuáles fueron los movimientos insospechados en el cuadrilátero del poder?
Lo que encontramos es la maquinación del “gomecismo sin Gómez”. Desde 1938, según documentos suministrados por los comunistas, la cúpula “de la reacción” liderada por Vicente Pérez Soto, Victorino Márquez Bustillos, León Jurado y otras figuras ligadas a la sombra andina, estaban reagrupándose desde el exilio para “asaltar al poder”. El PDN, en el diario Izquierdas, aseguraba por la misma fecha que esta cúpula estaba armando una insurrección en Lara, Zulia, Táchira, Mérida y Trujillo. Insurrección armada apoyada, dicho sea de paso, por la Iglesia y los terratenientes más poderosos de la provincia.
Entre 1940 y principios de 1941 la conspiración tomó proporciones alarmantes. Rafael Caldera cuenta que existía el denominado “Grupo Condor” que propiciaba la candidatura presidencial de León Jurado, con la idea de restablecer el garrote dictatorial en Venezuela. Valmore Rodríguez escribe en septiembre de 1940 a Betancourt: “Dudo porque la situación se torna delicada. En estos momentos, se habla de una maquinación gomecista frustrada. Entendemos que hay oficialidad presa en Maracay y Maracaibo (…) Incluso se asegura que hay mano nazi en el brollo. Lo que haya, ha debido suceder hace cuatro o cinco días. La prensa oficiosa ataca al gomecismo. Aunque también se las trae con las ‘izquierdas extremas’, acusando alianza (…) El gomecismo está activísimo. Polemiza en la prensa y ataca públicamente al gobierno”. La sombra asoma su nervio y su deseo epocal. Es la perspectiva del miedo social quien la sujeta, solo por momentos, para hacerla resonar entre nosotros hoy
Todos tiemblan Los nervios de la transición venezolana (1936-1941)

Eleazar Lopez Contreras, junto a Marcos Perez Jimenez y otros personajes / Foto Archivo El Nacional
“La tan mentada lucha de clases, al menos como tendencia ideológica temida e incomprendida por la espesa gama de prejuicios, no se adecuaba a los ‘principios de paz, de orden, de solidaridad social y de un nacionalismo que se inspire en el ideal bolivaria
CARLOS ALFREDO MARÍN @AEDOLETRAS27 DE NOVIEMBRE 2016 - 12:01 AM
Las transiciones políticas en la historia despiertan deseos multiformes en torno al poder. El relato que nos ha llegado sobre ellas nos pintan los sucesos sin sus matices. Con esto se instauran medias verdades que pasan sin pena ni gloria. La presidencia de Eleazar López Contreras a partir de 1935 es un ejemplo. Revisemos esta premisa que levanta sospecha: con la muerte de Juan Vicente Gómez se enterró el miedo colectivo al personalismo militar, fantasma dotado de musculatura y tradición sociopolítica desde el siglo XIX.
Cuando la salud del Benemérito se agrava, la carrera por la sucesión del poder se expande como una mancha. En enero de 1935, Carlos Delgado Chalbaud le escribe a José Rafael Pocaterra: “Quedan pues dueños de la situación, López Contreras y Eustoquio Gómez. Uno tendrá que eliminar al otro. Se ve claro que ya Gómez no manda de un modo absoluto…”. La conspiración, el ruido de sables, los rumores. Al morir el autócrata en Maracay a finales de ese año, López Contreras tuvo que hilar fino para desmarcarse de la sombra “andina”. Reto complicado porque heredó las instituciones gomecistas y varios de sus distinguidos representantes dentro de su gabinete. Por su parte, el Partido Comunista a partir de 1938 lanzó el Frente Antigomecista, eje político donde “las mayorías democráticas” mantuvieran a raya un posible regreso al caudillismo y al terror represivo.
Raúl Leoni refrenda estas impresiones. El 5 de abril de 1940 le escribe a Rómulo Betancourt: “El gomecismo trabaja y conspira de lo lindo. No son cuentos de camino. El gobierno lo sabe, y lo deja hacer. Cualquier día nos sorprende una nueva aurora gomecista, que afortunadamente no será muy duradera. Yo creo que este país, conspira más que en ninguna otra época de la historia. Y los gobiernistas más que nadie. La gente democrática y de izquierda es la única que no conspira, se ha convertido en guardián de alerta de los enemigos de la Republica”. La sombra del miedo estaba vivita y coleando.
La pasión del desalojado
Los privilegios que otorga el poder no son eternos, acaso porque este último tampoco lo es. El poderoso se alimenta de la ilusión de que siempre estará en la cima. La historia demuestra la crisis emocional y material de los grandes apellidos cuando viene la ola del cambio histórico y se lleva todo por delante. La pasión del desalojado es destructiva. Sin él el mundo se resquebraja, se volatiza, se pervierte. Imbuido en el aura del mesianismo de la fuerza, puja por la reconquista de su monopolio. En su interioridad se siente, por así decirlo, imprescindible. Nada sin él.
El escritor Iván Bunin, en sus Días malditos, prefigura el encono de la aristocracia rusa que fue pulverizada por la revolución a partir de 1917. En él vemos los demonios desatados allí donde antes bullía la paz de los cafés y las tertulias burguesas afectas al zarismo. El 22 de abril de 1919, Bunin escribe en su diario desde la herida: “En general, basta que una ciudad caiga en poder de los rojos para que se produzca una mutación en la gente que recorre sus calles. Es como si realizaran una selección premeditada de un tipo de rostro, que transforma el paisaje urbano. (…) se trata de rostros de poseídos de cualquier expresión susceptible de ser calificada de ordinaria o llana. Casi todos producen una viva repugnancia e intimidan con su aire de malévola imbecilidad y el displicente y obsequioso desafío que manifiestan, hacia todo y todos. Aún así, ya llevamos casi tres años en esta monstruosa situación. Casi tres años en los que solo hemos visto bajeza, fango y ferocidad. ¡Si tuviéramos la alegría, el anhelo, de que sucediera algo, ya no digo bueno, sino al menos normal! ¡Algo que sea diferente a esto!”.
La maquinación gomecista
Al acercarse la sucesión presidencial en 1941, ¿quiénes serían los candidatos para asumir los destinos del país? El Partido Democrático Nacional –cuna de lo que sería Acción Democrática– lanzó la candidatura del escritor Rómulo Gallegos. Del lado oficialista, y luego de un trajín intenso donde se hablaba del diplomático Diógenes Escalante, se terminó proponiendo a otro militar andino: el general Isaías Medina Angarita, Ministro de Guerra y Marina desde 1936. Lo que vino de seguidas era una victoria cantada en mayo de 1941. El Congreso de la República, por mayoría de votos, designó a Medina Angarita como el sucesor de López Contreras en Miraflores hasta 1946. Este es el lado conocido de la historia oficial. ¿Cuáles fueron los movimientos insospechados en el cuadrilátero del poder?
Lo que encontramos es la maquinación del “gomecismo sin Gómez”. Desde 1938, según documentos suministrados por los comunistas, la cúpula “de la reacción” liderada por Vicente Pérez Soto, Victorino Márquez Bustillos, León Jurado y otras figuras ligadas a la sombra andina, estaban reagrupándose desde el exilio para “asaltar al poder”. El PDN, en el diario Izquierdas, aseguraba por la misma fecha que esta cúpula estaba armando una insurrección en Lara, Zulia, Táchira, Mérida y Trujillo. Insurrección armada apoyada, dicho sea de paso, por la Iglesia y los terratenientes más poderosos de la provincia.
Entre 1940 y principios de 1941 la conspiración tomó proporciones alarmantes. Rafael Caldera cuenta que existía el denominado “Grupo Condor” que propiciaba la candidatura presidencial de León Jurado, con la idea de restablecer el garrote dictatorial en Venezuela. Valmore Rodríguez escribe en septiembre de 1940 a Betancourt: “Dudo porque la situación se torna delicada. En estos momentos, se habla de una maquinación gomecista frustrada. Entendemos que hay oficialidad presa en Maracay y Maracaibo (…) Incluso se asegura que hay mano nazi en el brollo. Lo que haya, ha debido suceder hace cuatro o cinco días. La prensa oficiosa ataca al gomecismo. Aunque también se las trae con las ‘izquierdas extremas’, acusando alianza (…) El gomecismo está activísimo. Polemiza en la prensa y ataca públicamente al gobierno”. La sombra asoma su nervio y su deseo epocal. Es la perspectiva del miedo social quien la sujeta, solo por momentos, para hacerla resonar entre nosotros hoy.
El enemigo único
El 13 de marzo de 1937, Venezuela amaneció con esta noticia: todas las organizaciones políticas de filiación comunista serían ilegalizadas por ser “perjudiciales para el orden público”. Sus militantes serían expulsados por un año; otros con menos suerte serían detenidos. El presidente Eleazar López Contreras, militar andino y ex ministro de guerra de Juan Vicente Gómez, dirigió la medida con la energía marcial de su estirpe. Es famoso el llamado Libro Rojo de López Contreras, que también puede conseguirse con el título La verdad de las actividades comunistas en Venezuela, publicado clandestinamente a finales de 1936.
El texto en cuestión es de naturaleza policial. Su meta: brindar evidencias “sustanciales” de una conspiración comunista en Venezuela. La amenaza roja era palpada; por tanto, representaba una amenaza política para un gobierno que temía abrir el grifo de las libertades democráticas. Juan Bautista Fuenmayor, uno de los fundadores del Partido Comunista venezolano, escribe: “El enemigo único era el comunismo, que se convirtió para él [López Contreras] en una obsesión terrible que le quitaba el sueño. Por eso su política centrista estaba fuertemente inclinada hacia la derecha”.
La presencia del mal hace tomar medidas “preventivas”. Es una operación subjetiva que intenta frenar lo temido. En el famoso Diccionario de los sentimientos se lee que la amenaza es “la acción o palabras con que se intenta infundir miedo a otra persona: el modo de dar a entender, o con la palabra o con demostraciones, el peligro, daño o castigo a que se expone”. ¿Quién se atreve a cruzar la frontera hacia el autoritarismo y la violencia? El poder tiene la última palabra; la historia, el testimonio del miedo entre nosotros.
El siglo en una década
En medio de la resistencia al nazismo, Albert Camus escribía en París el 30 de agosto de 1944 en Combat: “En 1933 comenzó una época que uno de los más grandes de nosotros denominó certeramente el tiempo del desprecio. Y durante diez años, a cada noticia de que unos seres desnudos e inermes habían sido pacientemente mutilados por hombres cuyo rostro estaba hecho como el nuestro, la cabeza nos daba vueltas y nos preguntábamos cómo era posible”. La humanidad estaba ahogada moralmente frente a esos hombres y mujeres que se dieron a la tarea de “matar al espíritu y de humillar a las almas”. Nos preguntamos: ¿cabe el mal de un siglo en una década?
Alan Badiou, en su libro El siglo, lleva la síntesis histórica aún más allá. Para el filósofo francés, el siglo entra en los 365 días del año 1937. Veamos lo que dice: “En el siglo, 1937 no es poca cosa. Es un año metonímico en el cual se organiza algo esencial. Es un concentrado absoluto, dado en su esencia, en el exceso de su esencia, del terror stalinista. Pues es el año de lo que se ha denominado el gran terror. Las cosas comienzan a ir mal en la Guerra Civil española, que es una miniatura interna del siglo entero, pues en ella están presentes todos los actores (comunistas, fascistas, obreros internacionalistas, campesinos insurrectos, mercenarios, tropas coloniales, Estados fascistas, "democracias", etc.). Es el año del ingreso irreversible de la Alemania nazi en la preparación de la guerra total. Y también del gran punto de inflexión en China. Y en Francia, en 1937, ya es evidente que el Frente Popular ha fracasado”.
Comunismos y anarquía
“El miedo es, como la mentira, una tentación de facilidad”. Esta frase de Vladimir Jankélévitch nos pone de frente a lo que realmente sucede en el reino de las pasiones políticas. El presidente Eleazar López Contreras a partir de 1937 ilustra el poder de estas tentaciones: primero, la variedad de amenazas civilizatorias afloradas en la década de los 30’ a nivel mundial; y segundo, la utilización del miedo como instrumento político que legitima no solo la represión, sino también la defensa del poder frente a las nuevas ideas políticas en torno a la democracia y las masas. El comunismo viene a llenar un vacío para una transición venezolana que se creía amenazada desde todos los ámbitos. El miedo apareció como salvación para la élite en el poder.
López Contreras y su círculo de notables veían al comunismo como un peligro para la estabilidad del país. Los fantasmas desatados en Europa, que estaba a punto de sumirse en la Segunda Guerra Mundial, hicieron el efecto rebote. Unirse a este coro de peligros epocales –la guerra de civilización como fundamento– es una tentación que da mucho crédito a quienes detentan el poder. Arévalo Cedeño, un furibundo antigomecista, le escribe a Rufino Blanco Fombona el 22 de septiembre de 1936: Venezuela debe saber identificar a “los falsos apóstoles de hoy”. Voceros de la izquierda roja, entiéndase, repleta de “mala fe” y de “ambiciones de dominio y destrucción”. Estos son los que nos han “importado el comunismo con el único fin de hacer más horrorosa la desgracia de ayer”, puntualiza Cedeño. Se intuye a la ideología como intrusa, como una fuerza maligna que llega para devorarlo todo.
La tan mentada lucha de clases, al menos como tendencia ideológica temida e incomprendida por la espesa gama de prejuicios, no se adecuaba a los “principios de paz, de orden, de solidaridad social y de un nacionalismo que se inspire en el ideal bolivariano”. Quien escribe eso es el propio López Contreras en marzo de 1938. En una misiva llena de detalles dirigida a José Rafael Gabaldón, el presidente encargado sigue argumentando la acción represiva porque líderes como Rómulo Betancourt, Gustavo Machado, Jóvito Villalba, Luis Beltrán Prieto Figueroa, todos en mismo saco, dicho sea de paso, “tratan de llevar al país a la contienda armada, no simplemente para obtener el triunfo de una facción que satisfaga sus ambiciones personales, sino lo que es más grave aún, para desencadenar la lucha de clases, la cual sembrará entre nosotros, como en todas partes ha ocurrido con ella, las más enconada anarquía, constituyendo al propio tiempo, un grave peligro no solo para la libertad, sino para la independencia misma de la nación”.
El poder y sus muros
El poderoso vigila que nadie viole sus murallas. Elías Canetti apunta: “Todo poderoso, aun el más pequeño, busca evitar que se le aproximen demasiado. Dondequiera que haya una forma de convivencia entre hombres, esta se expresa en distancias que disminuyen este incesante terror de ser asidos y agarrados”. Poner distancia supone segmentar la realidad según nuestro antojo. El mandón aquí, el pueblo allá. Asomo esta idea antiquísima: el dedo vigilante siempre puede prolongarse y controlar el posible infractor. En la Venezuela que enterró a Juan Vicente Gómez en diciembre de 1935 se ejemplifican estas resonancias. Para un país que apenas se liberaba del miedo al despotismo, tomar las calles era cruzar la línea prohibida en aquel punto del siglo XX.
La manifestación pública era un acto impensable en las primeras semanas de 1936. Aquel frenesí popular se hizo coro a través de la radio y la prensa escrita. Estos nuevos aires divulgaban los deseos de formar “partidos” y vivir en “democracia”. En la tarde del 14 de febrero el pueblo caraqueño quebró la muralla que protegía Miraflores. Aproximadamente 40 mil personas subieron en procesión cívica hasta el Palacio. Exigían el restablecimiento de las garantías constitucionales, destitución de los funcionarios gomecistas, respeto a la libertad de expresión y autorización para fundar partidos y sindicatos. Cuando el presidente Eleazar López Contreras recibió el pliego de peticiones, se abría otra victoria de la heterogénea pero promisoria marea popular. No solo se tomaba la calle, sino que el poder disminuía sus distancias. Aquello se resolvió con la frase “Calma y cordura”, con la cual el general López sintetizó su denominado Programa de Febrero: paso crucial para dejar atrás el oscurantismo y meter al país en la modernidad.
Ahora bien, ¿“calma” y “cordura” con respecto a qué? En esta frase emerge una visión temerosa del ejercicio del poder. Proyecta una amenaza latente que anhela restaurar los muros de antaño. Era un strike cantado, como solemos decir en la pelota criolla. Cinco meses después, López Contreras asomará las pistas de esta historia: “Despotismo y demagogia son fuerzas antagónicas, pero igualmente peligrosas para el porvenir de Venezuela, y contra ellas debemos luchar resueltamente para liberar al país de nuevas tiranías, así sea la de un hombre como la de todo un grupo”.
“Todo eso es odioso”
Artesanos, campesinos, jornaleros, sirvientes y desempleados pobres. He allí el denominado Tercer Estado de la Francia del siglo XVIII. “La gente común es naturalmente mala, licenciosa e inclinada a la rebelión y al pillaje”, se lee en la Descripción de Montpellier, publicada en 1768 y estudiada por el historiador Robert Darnton en 1984. Una radiografía epidérmica de aquel poblado perteneciente a la Provincia de Languedoc. La mirada del narrador encarna la visión de la élite citadina, integrante del incipiente Segundo Estado. Una tensa calma se respira entre la corte de Luis XV, la burguesía comercial y el populacho invisibilizado. Estos últimos son el peligro, se repite. El Primer y Segundo Estado, es decir, la Corte y la clase mercantil, debe contener a la plebe. Todo minuto cuenta.
Hay que subir los muros para resguardar nuestras virtudes y luces señoriales. Se lee: “Porque nada es más desagradable que ver a un cocinero o a un sirviente vestidos con trajes adornados con galones o encajes, con espada al cinto, e introduciéndose entre la mejor sociedad en los paseos; o ver a una recamarera vestida delicadeza como su patrona; o encontrar sirvientes de todo tipo ataviados como gentiles hombres. Todo eso es odioso. La posición de los sirvientes es la servidumbre, deben obedecer las órdenes de sus amos. No tienen derecho a ser libres, a formar parte del cuerpo social de los ciudadanos. Por ello debe prohibírseles que se mezclen con estos; y si ha de realizarse cualquier mezcla, se debería poder distinguirlos mediante un distintivo que indique su estado y que haga imposible confundirlos con otras personas”.
La democracia evolutiva
Rómulo Betancourt le escribe a Joaquín García Monge el 6 de mayo de 1940 desde Chile: “También reúno apuntes para un esquema de la evolución histórica de Venezuela. Me ha tentado siempre la idea de escribir el anti-Vallenilla, demostrando la falsedad de la tesis del “gendarme necesario”. No sé si la lucha y la vida me dejen realizar estos esfuerzos intelectuales que visitan mi vigilia”. Este pasaje revela el afán del fundador de Acción Democrática de combatir la tesis pesimista instaurada por el gomecismo, incluso desde antes: el pueblo no estaba apto para la democracia.
El presidente Eleazar López Contreras demostraría, a partir de 1936, que las masas y los partidos no hacían buena química. La transición democrática, erigida además por la ley y el ejemplo bolivariano, no deseaba a revivir el personalismo; pero tampoco iba a darle campo de acción a la “demagogia partidista”. Frente a estos dos peligros, el Estado debía administrar con fineza la idea de la democracia. El pueblo debía confiar en que el oficialismo tutelara los pasos hacia eso “nuevo” que se estaba por construir. Desde la cima se preguntaba: ¿cómo proteger a los ciudadanos de “la infección de doctrinas disolventes” y de las “ideologías exóticas”?
El 6 de julio de 1936, Luis Beltrán Prieto Figueroa, líder de la izquierda, escribe en Panorama: “El pueblo venezolano está preparado para votar y quien afirme lo contrario es enemigo del pueblo venezolano; quien después de la manifestación del 14 de febrero, del 19 de abril y los últimos acontecimientos huelguísticos (de mayo y junio) diga que ese pueblo no tiene preparación para el simple y elemental derecho de voto, irroga una ofensa grave al pueblo venezolano”. Como vemos, el pueblo organizado en partidos representaba un anatema. El mitin público y la diatriba mediática, señoras y señores, o lo hacen conforme a la censura oficial o preparen las maletas del exilio. La democracia evolutiva dictaba el son en el que se podía bailar. ¿Dónde están las masas? Allá, detrás del muro, contesta el poder. El miedo habría restablecido las distancias.









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