El Plan Maestro (I)
- 4 abr 2017
- 25 Min. de lectura

¿Es dictadura o no? (I)
La opinión de Armando Durán @aduran111
13 de marzo de 2017 12:45 AM
En el principio fue el verbo, nos advierte el Antiguo Testamento. A partir de ahí sabemos que nombrar algo hace realidad ese algo. De ahí la importancia de determinar si vivimos en dictadura o no. De ello depende el objetivo de la lucha opositora y la estrategia a seguir para alcanzarlo.
Hasta las elecciones parlamentarias del año 2005, los venezolanos creían, en primer lugar, que el proyecto político de Hugo Chávez no era democrático; en segundo lugar, que para evitar una catástrofe cierta era urgente un cambio político total. Ante ese objetivo, la oposición tomó las calles, desde el paro cívico de diciembre del año 2001 hasta que los ánimos de la disidencia se apagaron a finales de enero de 2003, pasando por los sangrientos sucesos del 11 de abril.
La oposición adoptó entonces una nueva táctica. Las urnas electorales del referéndum revocatorio en lugar de la confrontación física, pero con un mismo objetivo estratégico: sacar a Chávez de Miraflores. Por las malas de la rebelión popular o mejor aún por las buenas del revocatorio, hasta que en la madrugada del 16 de agosto de 2004 se conocieron sus inaceptables resultados, a todas luces fraudulentos. En ese punto, la desesperanza arrinconó a la población en un callejón sin salida aparente. De ahí surgió la tesis de conquistar y defender espacios políticos, por pequeños que fueran, y se le dio a las elecciones parlamentarias del año siguiente un valor que en realidad no tenían si en efecto la naturaleza del régimen era dictatorial. En ese instante crucial, hasta el día de hoy, se impuso la retorcida política del apaciguamiento.
La obsesión opositora ha sido desde entonces agarrar aunque sea fallo con el pretexto de no quedar fuera de juego, pero con una interrupción brusca, al saberse que la auditoría realizada el 23 de noviembre de 2005 a las máquinas captahuellas que se utilizarían en las elecciones parlamentarias de diciembre reveló la existencia de un programa oculto, el archivo denominado MTE, que vinculaba la secuencia de los votos emitidos con la identidad de los electores. Hasta Jorge Rodríguez, nuevo presidente del CNE, tuvo que admitir la presencia ilegal de este dispositivo electrónico y ordenó prescindir de las máquinas de la discordia. De todos modos, la presión de los ciudadanos obligó a los partidos opositores a abstenerse. El régimen tuvo que realizar aquella consulta electoral sin candidatos de oposición y la abstención como herramienta de acción política se convirtió de pronto en el principal argumento político de la oposición: o el CNE modificaba sustancialmente las condiciones electorales, o la oposición no presentaría candidato a la próxima elección presidencial. De este modo inesperado, a 10 meses de esa decisiva consulta electoral, el conflicto político dejó de ser entre Chávez y la oposición. El dilema ahora era entre abstenerse o no.
El régimen no podía permitirse ese lujo, tampoco los partidos de oposición, así que Chávez le encargó a José Vicente Rangel, su vicepresidente, conversar con los dirigentes de la oposición para hacerlos cambiar de parecer. Y eso hizo Rangel, sin mucha dificultad. Para algunos fue un acto de complicidad opositora con el régimen, para otros, inevitable decisión política, pero lo que cuenta es que el CNE no introdujo cambio alguno en el sistema electoral, el gobierno y la oposición rechazaron la oferta de las universidades Central de Venezuela, Católica Andrés Bello y Simón Bolívar de realizar una revisión del registro electoral para limpiarlo de sus groseras perversiones, la oposición terminó por abandonar sus exigencias sobre las condiciones electorales y luego puso todo el énfasis de sus actividades en la selección de un candidato presidencial y en prepararse para el desafío electoral del 3 de diciembre.
Desde ese instante, ya lo veremos la semana que viene, la oposición recurrió al principio de la “superposición”, eje de la física cuántica según el cual, por ejemplo, un gato puede estar vivo y muerto al mismo tiempo. Vaya, que a partir de aquellas reuniones de Rangel con dirigentes opositores en las penumbras de La Viñeta, para la oposición, el régimen chavista era a la vez dictadura y democracia.
Es dictadura o no? (II)
20 de marzo de 2017 12:12 AM
Tras la derrota electoral de la oposición en la elección presidencial del 3 de diciembre de 2006, señalaba en estas mismas páginas que Hugo Chávez había perseguido en las urnas de aquel día tres objetivos.
El primero era, por supuesto, ganar, pero no por 4 votos, sino por una amplia mayoría. Los famosos “10 millones de votos por el buche” de la campaña electoral del oficialismo, para que nadie en Venezuela o en el resto del planeta dudara del carácter arrollador del liderazgo de Chávez. En segundo lugar, conseguir que la oposición reconociera su victoria, por abultada que fuera, para legitimar ante la comunidad internacional tanto el origen democrático de su presidencia como la pulcritud y transparencia del sistema electoral venezolano. Por último, consolidar con su victoria, aceptada por todos de buen grado, el desarrollo de una oposición, ahora dialogante, alejada para siempre de los atajos de la desestabilización y el golpismo a cambio de unos pocos e insignificantes espacios políticos en la estructura del Estado.
En pocas palabras, ese era el paso imprescindible para crear la ilusión de que en Venezuela reinaba un clima de paz y armonía de tanta magnitud que, incluso, el gran salto que se disponía a dar con la reforma a fondo de la Constitución para conducir Venezuela al socialismo sería a su vez el fruto de un gran diálogo entre el gobierno y la oposición.
Como todos recordamos, aquel 3 de diciembre no hubo sorpresa alguna. El 2 de febrero, en el Teatro Teresa Carreño, donde celebraba el séptimo aniversario de su ascensión al poder, Chávez les advirtió a sus partidarios la necesidad de evitar por todos los medios que la masiva abstención del 4 de diciembre del año anterior se repitiera ahora en la elección presidencial. La visita que le hicieron a Tibisay Lucena los tres precandidatos de oposición, Teodoro Petkoff, Julio Borges y Manuel Rosales, tuvo la finalidad de hacerle saber a la opinión pública nacional e internacional que ellos, en representación de la Coordinadora Democrática, confiaban plenamente en la imparcialidad del CNE y aceptarían sin chistar el resultado oficial del escrutinio. Segundo capítulo de esta telenovela fue el espectáculo que ofreció Rosales al reconocer su derrota mucho antes de que terminara la totalización de los votos. Peor aún, que muy pronto los voceros más calificados de la oposición coincidieron en señalar que, a pesar de la derrota de Rosales, la oposición había logrado una gran victoria política, porque el pueblo opositor, al darle la espalda a la abstención como herramienta política, había demostrado su madurez al depositar toda su confianza en la fórmula electoral para enfrentar el reto que representaba Chávez.
Me preguntaba entonces si los felices dirigentes políticos de la oposición no se dieron cuenta de que los resultados de la votación anunciados por el CNE “lo que en definitiva indican es que Venezuela finalmente se aproxima al estado perfecto de la normalización política, que desde el punto de vista de Chávez significa democracia socialista y revolucionaria, sin oposición verdadera, y que dentro de este esquema el único papel previsto para la oposición es estar ahí, adornando los salones y nada, absolutamente nada más”.
Lo inaudito es que desde aquella jornada, a lo largo de estos últimos y turbulentos años, la oposición ha insistido en representar ese triste papel de cómplice, más bien barato, por cierto, del régimen. Es lo que hizo el año pasado, cuando a pesar de la gran victoria popular en las urnas del 6-D-15 aceptó participar en la maniobra dialogante del régimen para impedir el pleno y real funcionamiento de la Asamblea Nacional, y que Luis Almagro pudiera aplicarle la Carta Democrática Interamericana al gobierno de Nicolás Maduro. Y es lo que hace ahora Henry Ramos Allup, fiel al electoralismo colaboracionista del 3 de diciembre de 2006, al pedirle al país y al mundo paciencia, porque la crisis venezolana se resolverá el año que viene por la vía de una “megaelección”. Simplemente para impedir que Almagro vuelva a invocar ahora la CDI, cuando la crisis venezolana por fin ha adquirido a los ojos de América y Europa la categoría de una auténtica catástrofe humanitaria.
¿Es dictadura o no? (y III)
La opinión de Armando Durán @aduran111
03 de abril de 2017 12:10 AM
Hace una semana, con la infamante sentencia 155 de su TSJ, Nicolás Maduro despojó al régimen del último velo que le quedaba y mostró, ya sin pudor, lo que la fallida revolución chavista nunca ha dejado de ser, una dictadura en ininterrumpido proceso de desarrollo y descomposición.
El 12 de noviembre de 2004, en Fuerte Tiuna, Hugo Chávez se lo había anticipado a los principales funcionarios del régimen, muchos de los cuales le exigían acelerar la marcha de la revolución hacia el socialismo: “¿Es el comunismo la alternativa? ¡No! No está planteado eliminar la propiedad privada, el planteamiento comunista, no. Hasta ahí no llegamos. Nadie sabe lo que ocurrirá en el futuro, pero en este momento sería una locura. Quienes lo plantearon no es que estén locos, no. No es el momento”.
Dos años después, con su fácil victoria electoral sobre un sumiso Manuel Rosales, Chávez creyó que al fin había llegado ese momento, que la derrota opositora creaba las condiciones objetivas y subjetivas necesarias para dar ese gran salto adelante y se puso inmediato a la tarea de hacer realidad su proyecto de construir, a muy corto plazo, la futura República Comunal de Venezuela.
Adaptar a Venezuela en pleno siglo XXI la Revolución cultural china constituía una absurda y desafortunada ilusión, cuya verdadera finalidad era promover la presidencia vitalicia de Chávez, el anacrónico montaje de una estructura política de partido único y la cocción de un mejunje que incluía condimentos tan incendiarios como el trabajo voluntario, la educación como herramienta de ideologización guevarista, la conversión de los ciudadanos en hombres y mujeres sin pensamiento crítico y la inseguridad personal como política de Estado. Todo ello bajo la amenaza, si no de abolir por completo la propiedad privada, al menos la decisión de limitarla y condicionarla.
No obstante, para recorrer este camino, Chávez necesitaba superar un serio obstáculo. La Constitución de 1999 permitía avanzar rumbo al fin del pasado liberal de la democracia venezolana, pero de ningún modo le abría las puertas al socialismo, a la manera cubana. Nuestro texto constitucional apenas entreabría una rendija por donde filtrar los primeros aires de renovación política y se imponía la necesidad de renovarlo a fondo para poder eliminar legalmente el pluralismo político e ideológico, anular el derecho individual de no ser socialista, arrebatarles su existencia a los poderes locales y regionales y concentrar en manos de Chávez todos, absolutamente todos los poderes, incluso el ascenso a todos los grados de todos los componentes de la Fuerza Armada Nacional, como si la institución armada fuera en realidad su guardia pretoriana, y el manejo de la política financiera y monetaria del país, dejando incluso a su exclusivo arbitrio personal hasta el manejo de las reservas internacionales, como si esa inmensa riqueza, en lugar de ser un patrimonio de todos los venezolanos, formara parte del suyo personal.
Con ese retorcido propósito de llegar a hacer de Venezuela otra Cuba en el menor plazo posible, Chávez decidió convocar en diciembre de 2007 un referéndum que le permitiera redactar una nueva Constitución. Vana ilusión presidencial. A pesar de todas sus certezas, los electores le dijeron a Chávez que no. Y lo dijeron de tal manera, que al régimen no le quedó más remedio que aceptar la derrota. “Pírrica”, ”o de mierda” como la calificó un Chávez indignado, que mostraba golpes en los nudillos de sus manos, porque asi había reaccionado, pegándole golpes a las paredes del palacio de gobierno de Miraflores, pero derrota al fin y al cabo, que marcó un antes y un después. Mediante sucesivas leyes habilitantes aceptadas por una Asamblea Nacional de mayoría chavista, trató de eludir aquel mandato popular y comenzó a reformar progresivamente el texto constitucional, pero no le fue posible llegar adonde quería. Fue la primera de una serie de derrotas, cuyo desenlace fue la enfermedad, la muerte y la designación a dedo de Maduro como su sucesor.
El resto de esta penosa historia está a la vista: crisis general del país, derrota aplastante del chavismo en las elecciones parlamentarias del 6-D y el esfuerzo antidemocrático del régimen para impedir las consecuencias de aquel masivo rechazo popular. El autogolpe de Estado la semana pasada era, pues, inevitable y sencillamente formaliza la desesperada deriva dictatorial de un régimen cuyo objetivo ya nada tiene que ver con la desmesura del pensamiento político de Chávez, sino como la mezquina obsesión de conservar el poder contra viento y marea. Al precio que sea.
La lucha que se libra en Venezuela, y en los países que conforman el Foro de Sao Paulo y los movimientos de “izquierda” en el mundo, no hacen otra cosa que demostrar que existe un Plan Maestro de dominación y alienación del ser humano bajo la instauración de un gobierno monopartidista, tiranico y asesino, que elimine a todo aquel que no piense ni actue como ellos ordenan, Plan de una perfeccion ejecutoria admirable ya que una cosa le dicen al mundo y otra la que hacen en sus respectivas sociedades, en America y en particular Venezuela, el mago negro atlante Fidel Castro se encargo de hacer vida, extendiendo la ideología marxista leninista desde su Cuba natal, reducto de la Atlantida oscura, a los países del Continente Americano, con la importancia que esa parte de la Tierra tienen para el futuro de la humanidad. Dicho Plan Maestro estuvo en manos de los “intelectuales de izquierda”, en particular en Venezuela, quienes después del fracaso de la guerrilla de los años 60/70 aparentemente se repliegan sin perder el poder sobre las mentes “pensantes” que consideran que se debe ser de “izquierda” para ser intelectual reconocido, y a partir de 1992 se congregaron en el proyecto de llevar a Hugo Chavez al poder, y ellos encabezar las instituciones del gobierno chavista, desde las cuales buscan por mantener lo que ya no obedece al signo de los tiempos, pero les duele ver y sentir que la utopia comunista fracaso. No lo admiten y siguen aferrados a la fascinación que la izquierda francesa sentía por el poder de los bolcheviques en Moscu a partir de la Revolucion de 1918, que se hizo vocera de los modelos populistas e ideológicos de la Revolucion Francesa de 1789 para su particular “Toma de la Bastilla” de 1917
Un poco de historia de la instauración del Plan maestro comunista.
El término Revolución rusa (en ruso, Русская революция, Rússkaya revolyútsiya) agrupa todos los sucesos que condujeron al derrocamiento del régimen zarista y a la instauración preparada de otro, leninista, a continuación, entre febrero y octubre de 1917, que llevó a la creación de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia. El zar se vio obligado a abdicar y el antiguo régimen fue sustituido por un gobierno provisional durante la primera revolución de febrero de 1917 (marzo en el calendario gregoriano, pues el calendario juliano estaba en uso en Rusia en ese momento). En la segunda revolución, en octubre, el Gobierno Provisional fue eliminado y reemplazado con un gobierno bolchevique (comunista), el Sovnarkom.
La Revolución de Febrero se focalizó, originalmente, en torno a Petrogrado (hoy San Petersburgo). En el caos, los miembros del parlamento imperial o Duma asumieron el control del país, formando el Gobierno provisional ruso. La dirección del ejército sentía que no tenían los medios para reprimir la revolución y Nicolás II, el último emperador de Rusia, abdicó. Los sóviets (consejos de trabajadores), que fueron dirigidos por facciones socialistas más radicales, en un principio permitieron al gobierno provisional gobernar, pero insistieron en una prerrogativa para influir en el gobierno y controlar diversas milicias. La revolución de febrero se llevó a cabo en el contexto de los duros reveses militares sufridos durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), que dejó a gran parte del ejército ruso en un estado de motín.
A partir de entonces se produjo un período de poder dual, durante el cual el Gobierno provisional ruso tenía el poder del Estado, mientras que la red nacional de sóviets, liderados por los socialistas y siendo el Sóviet de Petrogrado el más importante, tenía la lealtad de las clases bajas y la izquierda política. Durante este período caótico hubo motines frecuentes, protestas y muchas huelgas. Cuando el Gobierno Provisional decidió continuar la guerra con Alemania, los bolcheviques y otras facciones socialistas hicieron campaña para detener el conflicto. Los bolcheviques pusieron a milicias obreras bajo su control y los convirtieron en la Guardia Roja (más tarde, el Ejército Rojo) sobre las que ejercían un control sustancial.
En la Revolución de Octubre (noviembre en el calendario gregoriano), el Partido bolchevique, dirigido por Vladímir Lenin, y los trabajadores y soldados de Petrogrado, derrocaron al gobierno provisional, formándose el gobierno del Sovnarkom. Los bolcheviques se nombraron a sí mismos líderes de varios ministerios del gobierno y tomaron el control del campo, creando la Checa, organización de inteligencia política y militar para aplastar cualquier tipo de disidencia. Para poner fin a la participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial, los líderes bolcheviques firmaron el Tratado de Brest-Litovsk con Alemania en marzo de 1918.
Posteriormente estalló una guerra civil en Rusia entre la facción «roja» (bolchevique) y «blanca» (antibolcheviques) —esta última contó con el apoyo de las grandes potencias—, que iba a continuar durante varios años, en la que los bolcheviques, en última instancia, salieron victoriosos. De esta manera, la Revolución abrió el camino para la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1922. Pese a que muchos acontecimientos históricos notables tuvieron lugar en Moscú y Petrogrado, también hubo un movimiento visible en las ciudades de todo el estado, entre las minorías nacionales de todo el Imperio ruso y en las zonas rurales, donde los campesinos se apoderaron de la tierra y la redistribuyeron.
La Revolución de Octubre, también conocida como Revolución bolchevique y como Gran Revolución Socialista de Octubre según tanto la historiografía oficial de la antigua Unión Soviética como de acuerdo a algunos grupos comunistas (particularmente los antirrevisionistas), fue la segunda fase de la Revolución rusa de 1917, tras la Revolución de Febrero. La fecha 25 de octubre de 1917 corresponde al calendario juliano vigente en el Imperio ruso, después abolido por el nuevo Gobierno bolchevique. En el resto del mundo, bajo el calendario gregoriano, los sucesos se iniciaron el día 7 de noviembre de 1917.
La insistencia del Gobierno provisional en continuar la guerra —muy impopular— impedía la aplicación de las profundas reformas que exigía la población. La ausencia de estas hizo que el programa bolchevique, reflejado en sus consignas de «Paz, pan y tierra» y «Todo el poder para los sóviets» (consejos), ganase partidarios rápidamente en el otoño de 1917. La crisis económica, que se había agravado desde el verano, la amenaza del frente para los soldados de la capital, la desilusión con la falta de reformas gubernamentales y el respaldo al Gobierno provisional de la mayoría de los partidos favoreció a los bolcheviques, que desencadenaron una intensa campaña de propaganda en la capital, por entonces Petrogrado. Entre las clases más desfavorecidas de la urbe, el rechazo a los sacrificios para continuar la guerra y a seguir en Gobiernos de coalición con los kadetes después del golpe de Kornílov era general.
A pesar de la aparente debilidad del Gobierno provisional, pocos días antes de la revolución quedó claro que una insurrección armada contra el Gobierno provisional por parte exclusivamente de los bolcheviques —como defendía Vladímir Lenin— sería rechazada por las masas. Se aprobó entonces la toma del poder, pero siguiendo una estrategia defensiva, dirigida principalmente por León Trotski, que consistía en asegurarse el traspaso del poder durante el II Congreso de los Sóviets a punto de celebrarse. Sería el Sóviet de Petrogrado y no el partido el que tomase el poder y cualquier intento de resistencia del Gobierno se presentaría como un ataque contrarrevolucionario. La orden gubernamental de enviar parte de la guarnición al cercano frente desató la revolución.
Defendiendo sus acciones como defensa ante la contrarrevolución, el nuevo Comité Militar Revolucionario de Petrogrado (CMR) —controlado en la práctica por los bolcheviques— fue tomando rápidamente el control de las unidades de la guarnición. Se sucedió una serie de choques incruentos entre el Gobierno y el CMR por el control de los puntos estratégicos de la capital que terminaron con la victoria del segundo y el aislamiento del primero, que apenas logró recabar ayuda militar. Se produjo entonces finalmente el asalto contra el Gobierno que Lenin había estado exigiendo desde hacía semanas, que terminó con la captura de casi todo el Gobierno provisional1 la noche del 25 de octubrej/ 7 de noviembre de 1917., con el II Congreso de los Sóviets ya en sesión.
El abandono de dicho congreso por los socialistas moderados en protesta por las acciones bolcheviques facilitó la formación de un Gobierno (el Sovnarkom) exclusivamente de este partido. Las posteriores negociaciones para formar un Gobierno de coalición entre los distintos partidos socialistas se malograron por la intransigencia de las partes. Los intentos de la oposición de efectuar un contragolpe mediante una insurrección en la capital y la marcha de tropas del frente sobre la ciudad fracasaron igualmente.
El poder del nuevo Gobierno se extendió por el país en diversas fases, con graves enfrentamientos en algunas zonas, como Moscú. La debilidad militar de la oposición y la popularidad de las primeras medidas, sin embargo, favorecieron a Lenin y sus seguidores. El rechazo de la oposición más radical a la toma del poder llevada a cabo por los bolcheviques y la incapacidad de la moderada de arrebatárselo a través de las instituciones —debido a la disolución de la Asamblea Constituyente en enero de 1918 y a la expulsión de los partidos socialistas de los sóviets en la primavera siguiente— condujeron a la guerra civil.
Creo oportuno recomendar la lectura de estos acontecimientos históricos para entender lo que esta sucediendo en Venezuela, donde se libra la batalla final contra este modelo imperialista, para comprender la trascendencia de los hechos que vivimos y ubicar los protagonistas de esta historia que marca el final de un Plan Maestro ideado por las energías oscuras contra la raza humana.
La Revolución rusa fue un acontecimiento decisivo y fundador del «corto siglo XX»2 abierto por el estallido del macroconflicto europeo en 1914 y cerrado en 1991 con la disolución de la Unión Soviética. Objeto de simpatías y de inmensas esperanzas por unos (Jules Romains la describió como «la gran luz en el Este» y François Furet como «el encanto universal de octubre»), también ha sido objeto de severas críticas, de miedos y de odios viscerales. Sigue siendo uno de los acontecimientos más estudiados y más apasionadamente discutidos de la historia contemporánea.
El fracaso de ese modelo comunista lo declaro Fidel Castro pero Hugo Chavez con su extraña muerte queda entronizado como la única esperanza de que lo que yo llamo el Plan Maestro si se puede hacer realidad…¿Cuál realidad? Ahí aparece Nicolas Maduro, un cuadro de la Liga Socialista, fanatico y de un nivel cultural muy escaso, como el Presidente impuesto desde Cuba, que contrario a Hugo Chavez, carece de carisma, y esta haciendo un gobierno, si bien según las normas y ordenes castro/comunistas, el pueblo de Venezuela y poco a poco de America va despertando ante la caída de la utopia comunista por el pésimo ejercicio presidencial del gobierno de Maduro y su combo,obligando a buscar la Libertad con muchos problemas, recuerden que están luchando contra un Plan Maestro, programado desde algún lugar del cosmos, para destruir al hombre en su ser esencial. El articulo que escribi en entrada anterior sobre el deseo de ideologizar a los venezolanos según los pasos que en el libro “Los Miserables” de Victor Hugo, se exponía como una realidad utópica, que haría realidad un retorno a la Edad de Oro inicial del Paraiso del origen edénico de la raza humana, que continuaría con la Revolucion Francesa y la Rusa expresadas en la literatura con la línea basada en las ideas de Maximo Gorki y la novela proletaria, inspirada en las novelas de los anarquistas de la década de 1920, y luego promovida por Stalin como el realismo socialista, corriente artística cuyo propósito es expandir la conciencia de clase y el conocimiento de los problemas sociales y las vivencias de las personas. Fue la tendencia artística impuesta oficialmente durante gran parte de la historia de la Unión Soviética, particularmente durante el gobierno de Iósif Stalin, en la República Popular China y, en general, en la mayoría de los países socialistas. La Unión Soviética exportó el realismo socialista a casi todos los demás estados socialistas, donde la doctrina fue cobrando vigencia con diversos grados de rigor, convirtiéndose en la forma predominante de arte en dichos países durante unos cincuenta años. Actualmente el único país donde se impone esta corriente estética es Corea del Norte. En la República Popular China el realismo socialista se puede observar en imágenes idealizadas que promueven el programa espacial o en la propaganda oficial. Durante el gobierno de Mao, el realismo socialista se materializaba generalmente en literatura y cuadros que ensalzaban a los trabajadores y a la revolución.
El realismo socialista en su versión más ortodoxa no fue importante en países con otros regímenes políticos, aunque fue inoculado a través de ciertas corrientes artísticas, como el muralismo mexicano de Siqueiros, Rivera y Orozco, caracterizado por un claro compromiso social, una expresa vinculación ideológica con el socialismo y cierto despojamiento de elementos puramente ornamentales o formales en aras de la claridad y eficacia del mensaje social. La misma situación se observa en la Escuela Nacionalista de Música en México donde sobresalen obras de Carlos Chávez, José Pablo Moncayo, Blas Galindo y Salvador Contreras y otros compositores que escribieron obras para apoyar tal tendencia estética utilizando elementos supuestamente folclóricos. El realismo socialista musical en México sigue vigente con obras como el Danzón no. 2 de Arturo Márquez. Venezuela estuvo inmersa en el Siglo XIX hasta 1935 cuando fallece el general Juan Vicente Gomez, y despierta en 1936 gracias a la juventud que había incursionado en revueltas universitarias y de protesta contra la férrea dictadura gomecista, con los jóvenes de la Generacion de 1928, constituidos en lideres de los partidos que se opondrían al poder militar vigente como un karma satanico en Venezuela hasta el presente, que tiene un periodo democrático entre 1958-1999, llamados los 40 años del Pacto de Punto Fijo, hecho que aunque en la actualidad los nuevos actores políticos se refieran al "puntofijismo" de manera peyorativa, el Pacto de Punto Fijo funcionó como un mecanismo que permitió la estabilización del sistema político venezolano por espacio de cuarenta años. Por otra parte, dicho acuerdo obedeció a circunstancias históricas muy específicas. Luego del derrocamiento del régimen de Marcos Pérez Jiménez, el 23 de enero de 1958, el peligro de una nueva dictadura militar se convirtió en una amenaza permanente para el establecimiento de la democracia. En tal sentido, la Junta de Gobierno presidida por Wolfang Larrazábal, tuvo que enfrentar dos intentos fallidos de Golpe de Estado. El primero llevado a cabo por Jesús María Castro León (Ministro de Defensa de la Junta de Gobierno), el 23 de julio de 1958. El segundo, liderado por los oficiales José Ely Mendoza y Juan de Dios Moncada Vidal, el 7 de septiembre de 1958; el cual buscaba impedir la realización de las elecciones a fines de ese año.
Ante tales circunstancias, Rómulo Betancourt propuso el Pacto de Punto Fijo, el cual no era sino la prolongación de conversaciones sostenidas en Nueva York, entre Betancourt, Caldera y Villalba, durante su exilio; con el fin de garantizar un compromiso entre AD, COPEI y URD para gobernar. El 31 de octubre de 1958, se firmó en la Quinta "Punto Fijo", propiedad de Rafael Caldera, el acuerdo entre AD, COPEI y URD, siendo excluido el PCV (Partido Comunista Venezolano). Los signatarios del Pacto de Punto Fijo se comprometían a actuar conjunta y solidariamente en torno a tres aspectos:
defensa de la constitucionalidad y del derecho a gobernar conforme al resultado electoral: se explica allí que, cualquiera que fuese el partido que ganase las elecciones, los otros dos se opondrían al uso de la fuerza para cambiar el resultado;
gobierno de unidad nacional: se formaría un gobierno de coalición y ninguno de los tres partidos tendría la hegemonía en el gabinete ejecutivo;
los tres partidos se comprometían a presentar ante el electorado un programa mínimo común.
El respeto al Pacto de Punto Fijo, por parte de los firmantes, permitió que se realizaran las elecciones del 7 de diciembre de 1958, resultando electo Presidente de la República, Rómulo Betancourt. Sin embargo, a fines de 1960 URD abandonó la coalición de gobierno, lo que posteriormente daría paso al Bipartidismo AD-COPEI, el cual caracterizaría al sistema de partidos venezolano hasta 1993.
En síntesis, si bien no era totalmente inédito en la historia venezolana un pacto o "fusión", el Pacto de Punto Fijo constituyó el ejemplo más acabado de formalización e institucionalización de las reglas de juego, llevado a cabo durante toda la historia política de Venezuela.
En Venezuela no se da el fenómeno de la novela proletaria, por lo que el desarrollo de la literatura del país no va acorde con la de otros países en los que la novela proletaria si se desarrollo teniendo sus raíces en el neoclasicismo y las tradiciones realistas de la literatura rusa del siglo XIX, que describe la vida simple del pueblo, de lo cual como ya dije, es un exponente la obra de Máximo Gorki.
Su objetivo es exaltar a la clase trabajadora común, ya sea industrial o agrícola, al presentar su vida, trabajo y recreación como algo admirable. En otras palabras, su objetivo es educar al pueblo en las miras y significado del socialismo. La meta final es crear lo que Lenin llamó un tipo de ser humano completamente nuevo, el Nuevo Hombre Soviético. Stalin describió a los ejecutores del realismo socialista como ingenieros de almas.
El término "Realismo" se refiere a la intención de describir al trabajador como se supone que es en realidad, portando sus herramientas. El proletariado está en el centro de los ideales comunistas y por lo tanto su vida es materia digna de estudio. Con esto, el realismo socialista se distancia del arte aristocrático producido bajo los zares durante los siglos anteriores, pero se entronca con la tendencia decimonónica a representar la vida social del pueblo común.
Los pintores representan campesinos alegres y musculosos, trabajadores de fábricas y granjas colectivas, maquinaria; durante el estalinismo también producían numerosos retratos heroicos de Stalin. Los paisajes industriales y agrícolas que exhibían los logros de la economía soviética eran temas muy comunes. Se esperaba que los novelistas escribieran historias concordantes con la doctrina marxista del materialismo dialéctico. Los compositores de música debían crear una música vívida que reflejara la vida y luchas del proletariado, tuvo su auge entre 1930 y 1944. Fueron los años de la depresión económica mundial y los escritores de base marxista anhelaron empezar la revolución social que habían pronosticado Marx y otros pensadores.
Los escritores más importantes de los EEUU se juntaron en el primer congreso de escritores americanos de 1935. Véase Liga de Escritores Americanos apoyada por el Partido Comunista de los Estados Unidos. Otros famosos eran Georg Fink (seudónimo del alemán Kurt Münzer), Mike Gold de Nueva York, José Revueltas de México, Nicomedes Guzmán de Chile, Jorge Icaza del Ecuador, y varios otros.
Novela proletaria en Latinoamérica. La narrativa producida en América Latina durante las décadas de los años 30 y 40, también se vio influenciada por esta línea de denuncia. La novela proletaria también se le puede identificar como novela social, realismo social o realismo socialista. Es díficil hablar de obras representativas de esta corriente literaria ya que la producción fue vasta. Algunos críticos como David Foster analizan a detalle trece novelas pero menciona alrededor de veinte a treinta producciones más. Sin embargo, las novelas que han destacado en los estudios son: Huasipungo de Jorge Icaza Coronel, Los de abajo de Mariano Azuela y Raza de bronce de Alcides Arguedas ya que sus argumentos y personajes están definidos por un repudio hacia las fuerzas de opresión y represión, exponiendo en sus historias a las masas y clases inmigratorias y minoritarias.
De tal manera, tanto en América Latina como en lenguas anglosajonas, la novela proletaria proviene de la novela pastoril. En sí, su base es la propaganda de una clase social obrera que tiene intereses opuestos a la oligarquía la estética de esta corriente funciona en tratar de representar la realidad, teniendo como referentes contextos extraliterarios.
El eterno enamoramiento de los inteectuales por los gobiernos comunistas sigue creciendo gracias a la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura que fue una organización civil ubicada en Madrid primero y Valencia después, creada el 30 de julio de 1936, nada más iniciarse la Guerra Civil Española.
Sus antecedentes se encuentran en 1935, cuando se había celebrado en París el I Congreso de Escritores y se constituyó la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, donde habían asistido varios españoles. La Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura se creó como sección española de la Asociación Internacional.
Se organizaba conforme a un ateneo, manteniendo una división en áreas temáticas de la misma forma. En su actividad, además de la propiamente cultural, se hicieron manifiestos, charlas y llamamientos contra el ascenso del fascismo que representaba el Ejército sublevado de Franco. Entre sus miembros se encontraban María Zambrano, Rafael Alberti, Miguel Hernández, José Bergamín, Rosa Chacel, Luis Buñuel, Luis Cernuda, Pedro Garfias, Juan Chabás, Rodolfo Halffter, Antonio Rodríguez Moñino, Ramón J. Sender, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Max Aub, José Peris Aragó, Eduardo Ugarte, Salvador Arias y Arturo Serrano Plaja, entre otros.
El manifiesto de su constitución declaraba:1
Se ha producido en toda España una explosión de barbarie... Este levantamiento criminal de militarismo, clericalismo y aristocratismo de casta contra la República democrática, contra el pueblo, representado por su Gobierno del Frente Popular, ha encontrado en los procedimientos fascistas la novedad de fortalecer todos aquellos elementos mortales de nuestra historia... Contra este monstruoso estallido del fascismo... nosotros, escritores, artistas, investigadores científicos, hombres de actividad intelectual... declaramos nuestra identificación plena y activa con el pueblo, que ahora lucha gloriosamente al lado del Gobierno del Frente Popular...
A ella se unió la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, organización creada mediante la fusión de la Unión de Escritores y Artistas Proletarios (grupo de activistas de izquierda política valencianos) y Accio d'Art (grupo regionalista valenciano disidente del Círculo de Bellas Artes de Valencia). Miembros de la misma eran Josep Renau, María Teresa León, Juan Gil-Albert, Max Aub o Ramón Gaya.
La Alianza realizó boletines y publicaciones. La primera, Milicia Popular, salió a la luz el 30 de septiembre de 1936. Sin embargo la más importante fue El Mono Azul. Las actividades fueron diversas y, a nivel internacional, la que mayor impacto causó fue el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura que tuvo su sede central en Valencia, y celebró reuniones también en Madrid (en una ciudad casi sitiada) y Barcelona, entre el 4 y el 11 de julio de 1937. En él participaron escritores como Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Ernest Hemingway, César Vallejo, Raúl González Tuñón, Octavio Paz, André Malraux o Louis Aragon.
El II Congreso de Escritores Antifascistas fue convocado por la Asociación Internacional de Escritores de Defensa de la Cultura, AIEDC, fundada en el 1er. Congreso de 1935 realizado en París. Al contrario que éste, el II Congreso encontró en el silencio un filón de dos vertientes: escudo y espada; el primero callaba el asesinato en nombre de la unión frente al fascismo -en España misma, la confrontación entre el Partido Comunista y el Partido Obrero de Unificación Marxista había provocado en mayo una revuelta que causó alrededor de 500 muertos, más de 1,000 heridos y la desaparición, y posterior asesinato en agosto de 1937, de Andrés Nin, dirigente de POUM, a la que siguió una depuración de anarquistas y trotskistas acusados de realizar actividades contrarrevolucionarias, evento que, al decir de Antonio Sánchez Barbudo, "aunque doloroso, no nos preocupó al principio demasiado",2 el segundo condenaba las voces que se pronunciaran contra la realidad del sueño, del futuro puesto en el territorio de la Unión Soviética, silencio que había encontrado, con amargura, un primer converso -el cisma Aragón-Bretón quizá había afectado menos dos años antes en el ánimo revolucionario del nuevo hombre-, donde se procuraría que encarnara la figura del traidor y de las veleidades de una conciencia pequeñoburguesa, individualista y egocéntrica: André Gide.
Si José Bergamín, presidente de la Alianza de Intelectuales Antifascistas de España -Antonio Machado lo era en calidad de honorario-, había dicho en la sesión inaugural lo que había de comprenderse como compromiso del escritor, estableciendo "una preocupación primera: la de su comunicación o comunión humana. En ella radica su propio existir. Por ella tiene razón profunda y sentido vivo su trabajo. Esta comunión humana, esta comunicación verdadera, se hace, en el tiempo y por el tiempo, por la palabra",3 unos días después le descubriría su otra cara, la de la expurgación.
Cuando André Gide se encontraba en Londres, en junio de 1936, para presidir la Conferencia Internacional de Escritores, fue enterado del estado de gravedad en que se encontraba Máximo Gorki, expositor de la teoría del realismo socialista, y decidió asistirlo en Rusia, pero apenas llegó para presenciar los funerales y pronunciar una oración fúnebre. La muerte del escritor ruso no disminuyó el entusiasmo de Gide por encontrarse en la región idílica del mundo, había que recorrerlo, respirar el aire que debía extenderse para darle vida a la nueva sociedad. La respiración, sin embargo, no resultó todo lo vital que hubiese querido. A su regreso a Francia escribió "Retour de l'URSS", memorias del viaje donde delataba, con gran escándalo de los comunistas, la excesiva personalización de los líderes, la persecución del trotskismo, la falta de libertad en el arte: "El arte que se somete a una ortodoxia está perdido, aún cuando ésta fuera la más sana de las doctrinas. Se hunde en el conformismo. Lo que la revolución triunfante debe y puede ofrecer al artista es ante todo la libertad", declara.
El pronunciamiento, venido de una persona con una alta integridad moral, provocó dos reacciones: la condena y la duda, pero, en un susurro quizá, nunca la adhesión declarada. La condena más violenta se desprendió de los grupos de extrema comunista y de los que profesaban una irrenunciable esperanza en la desviación de Gide, en la pureza de una sociedad que en su realidad hacía posible la concreción de un mundo más justo. La condena vino de los que, enterados de las atrocidades stalinistas, eran cómplices, y vino también de los que, guiados por un sueño, eran inocentes, en el mejor sentido de la palabra.
La duda y la confusión, consecuencias de la actitud de Gide, provinieron principalmente de los que eran llamados "compañeros de ruta", aquellos que sin comprometerse con la doctrina, participaban en su beneficio, aquellos que justificaban los acontecimientos y la unión frente al fascismo en nombre de una esperada, y pospuesta, libertad.
A los primeros contestó Gide con otro libro, "Retouches á mon retour de l'URSS", publicado en junio de 1937, y leído ya por algunos de los asistentes al II Congreso. En éste, Gide reafirma su fidelidad a la libertad por encima de cualquier partido, así lo contravenga, y su visión de una Rusia que ha traicionado las esperanzas de la revolución.
En los segundos la inquietud, al tiempo que se establecía oculta e inconfesada, perdía firmeza ante la pasión razonada de intelectuales respetados y admirados como Paul Nizan, o como, por encima de todos, André Malraux.
La delegación rusa, cuya asistencia al Congreso había sido condicionada por Stalin a la exclusión de Gide, presionó para elaborar una declaración condenatoria firmada por todos los intelectuales, pero la propuesta no logró el consenso de la delegación francesa que, a través de Malraux, amenazó con abandonar el Congreso. En este ambiente, José Bergamín solicitó un voto de confianza para hablar antes que cualquier otra delegación: su intervención, apasionada y violenta, hizo inútil cualquier otra declaración general y, en cambio, se aprobó su propuesta de "silencio" sobre el caso Gide









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